El Octavia, de Skoda, fue el signo de los nuevos tiempos de la marca checa desde que entró en la órbita del Grupo Volkswagen y su presentación en sociedad se ha saldado con la buena, más que buena nota, de un millón de unidades vendidas.
La segunda generación del Octavia se presenta ahora con la señal inequívoca de una reválida y, desde luego, los primeros test apuntan a mejorar la alta nota del pasado.
El nuevo Octavia difiere externamente del sucesor en el cambio de unos muy leves trazos en el diseño, los suficientes para dejar claro que el coche ha ganado en suavidad de líneas y elegancia. Se alarga solo en unos seis centímetros respecto al anterior modelo y se le sitúa con toda la intencionalidad a medio camino entre las berlinas medias altas y las altas.
Es un reposicionamiento perfectamente estudiado que, seguro, atraerá a nuevos segmentos de clientela y ayudará a romper con esa imagen de coche-taxi que tanto se ha intensificado en las grandes capitales en los últimos años, pero que también le ha dotado de una aureola de vehículo eficaz y fiable para quienes el pedigrí del automóvil es algo secundario.
Las pequeñas y sutiles modificaciones externas del Octavia se han concentrado en la parte delantera, donde se acentúa la forma en uve del capó, se rediseña la parrilla para hacerla más grande y el parachoques se integra plenamente en la carrocería del coche. Por detrás, los cambios son aún menos imperceptibles y solo se aprecia un leve cambio de formas en los cuadros ópticos.

En el interior, las formas adoptan un giro más radical. Para empezar, la instrumentación y las formas del salpicadero son totalmente nuevas. Se vuelve a apostar por dotar al coche en este apartado de más clase, pero se deja traslucir un exceso de plástico en los elementos que pone algún matiz a ese propósito. No obstante, hay una indudable ganancia en el factor ergonómico y la accesibilidad visual y manual a los distintos componentes del cuadro de mandos y de la instrumentación gana muchos puntos.
En lo que a habitabilidad se refiere el punto de apoyo está en la concesión de casi siete centímetros a la distancia entre ejes. Los resultados se dejan notar, pues la distancia entre asientos se agranda y el factor comodidad para los viajeros se refuerza. Y todo ello, con el mérito añadido de que el ya clásico súper maletero del Octavia es todavía más súper y gana unos 30 litros en capacidad para llegar hasta los 560 litros, registro insuperable entre la competencia de este segmento e incluso en modelos de superior categoría. Y por si faltara algo, alojamiento para una rueda de repuesto de medidas normales, una obviedad que tan poco se estila en estos momentos y que es harto difícil que tenga continuidad en los vehículos de las demás marcas del Grupo VW.

Con estas señas de identidad, el nuevo Octavia refuerza el concepto viajero que ya destilaba en la anterior generación. Con esas amplitudes viajar en el nuevo Octavia es todo un placer y hay que recorrer muchos kilómetros para que los primeros indicios de cansancio asomen. Y a ello contribuye el motor diesel tetracilíndrico de 1.9 litros y 105 CV que se adapta magníficamente a la estructura del coche.
Dicha estructura es otro de los grandes avances en el nuevo Octavia, ya que el chasis se corresponde plenamente con los avances introducidos en otras marcas del grupo y que tan buenas críticas han recibido por parte de la prensa especializada
El comportamiento general de esta mecánica viene avalado por la tradición diesel del Grupo Volkswagen en esta cilindrada, pero esta potencia, aunque nominalmente contenida, en nada tiene que envidiar a otros propulsores de la misma familia con más caballaje. Las reacciones son muy neutras. No se le aprecian fallos de entrega ni en la parte más baja ni en la más alta del cuentavueltas, lo que puede dar una idea de la regularidad del comportamiento. La asociación con una caja manual de cinco velocidades es perfecta gracias a unos desarrollos muy proporcionados a cada régimen de marcha. Si hay que buscarle un contra, éste puede ser su excesivo ruido, pero no hay duda de que se está ante la versión estrella del nuevo Octavia.
Por si fuera poco, el consumo forma un dúo imbatible con el precio (de largo, el más competitivo del segmento). Los accionamientos más exigentes del acelerador apenas lo disparan a los ocho litros, y de promedio, es difícil rebasar los 6,5 litros que, finalmente, fue el resultado final de esta prueba. En el plano económico, desde luego, sobresaliente.

La circulación del coche es ciertamente muy ágil en la conducción uniforme de las autovías y tampoco desmerece en otras rutas más exigentes, donde apenas pierde estabilidad. Es neutro ante cualquier reacción, pero la ligera blandura de la suspensión provoca unos balanceos que se transmiten sobre todo a la parte trasera del coche, con el consiguiente lastre en la comodidad.
La dirección tiene el justo punto de dureza adaptado a cada régimen de velocidad y los frenos, aunque eficaces, transmiten excesiva carga sobre el tren delantero.
Skoda sabe que apuesta a caballo ganador con esta segunda generación del Octavia, mucho más estilizada y superior en casi todo a su predecesor, un modelo que en 1996, cuando se presentó a los mercados dio la perfecta imagen de que la industria automovilística del Este iba a tener muchas cosas que decir.
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