Chrysler Voyager 2.8 CRD LX Aut.
El Chrysler Voyager, el pionero de los grandes mono-volúmenes familiares ha cumplido veinte años, una edad que en términos automovilísticos indica plena madurez, pero las actualizaciones acometidas en el modelo en sus cuatro generaciones le han dotado de una frescura y lozanía que todavía le avalan como uno de los grandes.
A esta cuarta generación acaban de introducirle unas leves y sutiles modificaciones que refuerzan los contenidos del modelo en el área del confort y, sobre todo, de la seguridad.
El componente mecánico se salda con un nuevo motor diesel de 2.8 litros y 150 CV, producido por Detroit Diesel y que ya se ha ensayado en el Jeep Cherokee y que convive con el 2.5 de 140 caballos de potencia, una diferencia de potencia, con una combinación de precios, que tiene todos los visos de una apuesta por la canibalización en el ciclo diesel de este modelo.
En la remodelación operada en el Chrysler Voyager con la vista puesta en la configuración de la gama para este año, destaca la adopción de una nueva toma de aire y el paso del logotipo a la parte superior de la misma, cuando antes ocupaba la zona central. Se deja sentir también el nuevo diseño de los faros, las molduras laterales y las llantas como signos refrescantes de una imagen estética bien aceptada.
La seguridad se ha acentuado con la inclusión de los seis airbag laterales en las tres filas de asientos, así como el novedoso saco de aire de rodilla colocado en la columna de dirección.
Se echa en falta que la marca no haya echado el resto en cuestiones como la modularidad, aspecto que no ha sido actualizado y en la que este modelo puede perder enteros en relación a su competencia directa donde se han hecho verdaderos esfuerzos de imaginación tanto en la configuración de los asientos como en el reparto de los huecos portaobjetos.
La configuración interior de la unidad sometida a prueba ha sido la de seis asientos repartidos en tres filas, bien elevados para ofrecer una panorámica excelente desde cualquier punto del coche y con una buena capacidad de envoltura, pero algo duros de banqueta y respaldo.
La historia de estas novedades, con todo, se circunscriben al nuevo motor de 2.8 litros que va asociado como única opción a una caja de cambios automática. El comportamiento general es más que correcto y sube muchos puntos en carreteras y autopistas, en las que mantiene con regularidad y suficiencia un alto registro de velocidad. Todo ello, para aumentar su mérito, con una aerodinámica complicada y un registro alto de peso como es propio en estos vehículos.
Otro cantar es abordar pendientes y recuperaciones, aspectos en los que la caja automática con solo dos relaciones le resta poder de respuesta. El recurso a una sola reducción no es suficiente para sacar potencia extra y las maniobras de adelantamiento en este tipo de carreteras se convierten en premiosas y algo lentas.
Fiel a la costumbre americana, la palanca de cambios se sitúa detrás del volante, pero el problema no reside en la accesibilidad a la misma, sino en que se muestra con frecuencia algo imprecisa en el engranaje de las relaciones
El gusto americano tiene prolongación en unas suspensiones excesivamente blandas y de recorrido muy largo que provocan balanceos en el interior y que se transmiten con molestias al pasaje, sobre todo a los ocupantes de la segunda y tercera fila. Pese a este condicionante la estabilidad del coche están muy por encima y se demuestra en el aplomo con que se adhiere al asfalto y la nobleza con que entra y sale de curva. Además, en el nuevo motor se ha operado una sensible reducción de ruidos que aumentan el confort de marcha en este capítulo.
El tacto de la dirección transmite alguna que otra imprecisión en la ejecución trazada, pero corrige fácilmente las leves distorsiones a este respecto. Los frenos tienen una respuesta óptima y detienen el coche con prontitud, pese a la masa que arrastran.
Los inconvenientes aerodinámicos de este tipo de coches, junto al excesivo peso tienen la lógica traducción en el consumo, pero aún con estas salvedades, los registros numéricos no son, ni mucho menos, exagerados. Durante la prueba el gasto de gasóleo, no fue muy superior a los nueve litros.
Chrysler sigue teniendo en el Voyager su producto de más éxito en España. Vive del carácter pionero de este coche, pero precisa de algo más para mantenerse en los puestos de privilegio que ha mantenido desde la llegada al mercado nacional. Mayores esfuerzos en cuestiones como la modularidad son asignatura obligada para las próximas generaciones y, por lo que respecta a esta versión, una única opción de caja automática no deja de ser una exclusividad atrevida ante las reticencias del mercado por este tipo de transmisiones.
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